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CRÓNICAS GABARRERAS", UNA CITA EN VERANO Y VAN DIEZ.

Qué mundo de sensaciones se transmite por todo nuestro ser cuando contemplamos y percibimos, desde nuestra más tierna infancia, la llegada del verano en Valsaín. Es algo especial que ya no olvidaremos jamás. Es una huella que queda grabada en nuestro corazón y en nuestro cerebro por la fuerza de la luz, esa luz única que tienen los veranos en Valsaín.

¡Qué suerte haber contemplado los maravillosos paisajes de Valsaín en verano!. Son una gracia que la Madre Naturaleza ha querido darnos, un regalo que contemplaron generaciones y generaciones de personas, gentes de Valsaín que, con su vida, protagonizaron y escribieron día a día la Historia de este pueblo.

Porque aquellas generaciones nos dejaron un rico legado cultural, ha habido quienes han sido sensibles a mantener viva la llama de su memoria y decidieron manifestarlo, comprometiéndose en una tarea que es fomentar, promover y apoyar todo cuanto forma parte de la Cultura de Valsaín.

Y fue en verano cuando, por primera vez, vio la luz “Crónicas Gabarreras”, fruto de ese compromiso con Valsaín, su Historia y su Cultura, que ha concitado sentimientos y aunado esfuerzos. Desde entonces, todos los veranos llega como una brisa, atrayente por su frescura, la misma que tienen las sombras que jalonan el Eresma en el atardecer de un día de verano.

De esta manera, “Crónicas Gabarreras” se hace presente verano a verano, y van DIEZ, y nos regala citas como éstas:

"Crónicas Gabarreras" es un título escogido basándonos en la tradición de un pueblo, una cabecera que intenta reflejar la esencia de su contenido: historias de Valsaín”.
(Nº 0 - Agosto de 2001).

“La Cultura de los pueblos es algo inherente a la vida de los mismos. En Valsaín, el sentir popular tiene sus peculiaridades propias, marcadas sobre todo por el Pinar y la vida desarrollada en él, pero también por otros factores, como nuestro Torreón, nuestras arraigadas Fiestas, las secuelas (positivas y negativas) del pasado, etc.”
(Nº 1 – Agosto de 2002).

“Que todos los que sintáis algo especial por este pueblo, seáis partícipes de este intento de buscar nuestra propia identidad.”
(Nº 2 – Agosto de 2003).

“En esta cuarta edición de “Crónicas Gabarreras”, queremos rendir nuestro pequeño homenaje a Jesús de Aragón, escritor nacido en Valsaín y uno de los principales exponentes de la Literatura fantástica de los años veinte. Su novela “La sombra blanca de Casarás” causó una auténtica revolución en el pueblo”.
(Nº 3 - Agosto de 2004).

“Crónicas Gabarreras" recuerda en este número a sus personajes más ilustres y a los más allegados, nos retrotrae a las curiosidades de su historia, nos guía por la Naturaleza, por la vida de los hombres del Pinar, y penetra en el mundo de los sentimientos, de esos pequeños detalles que, a veces, proporcionan características distintivas a nuestro modo de obrar y de vivir.”

(Nº 4 – Agosto de 2005).

“Queremos y creemos que “Crónicas Gabarreras” debe ser un nexo de unión entre nuestras gentes, un vehículo de participación eminentemente constructivo, y en el que tengan cabida todos aquellos que sienten algo especial por esta tierra.”
(Nº 5 – Agosto de 2006).

“Dejemos que nos guíe la nostalgia de las buenas cosas de otros tiempos; permitamos a nuestros corazones que se expresen a través de la palabra; recorramos el pasado para vivir el presente y proyectarnos hacia el futuro…”.
(Nº 6 – Agosto de 2007).

“Crónicas Gabarreras” quiere rendir su pequeño homenaje a los gabarreros, personajes emblemáticos de nuestra tierra y otros pueblos serranos, y uno de los pilares indiscutibles sobre los que se asienta ese paradigma que hemos denominado Valsaín.”.
(Nº 7 – Agosto de 2008).

“La llegada de ese mundo mágico del cine a Valsaín supuso una revolución en el terreno económico y, ¿por qué no?, en algunos aspectos sociales y culturales. Dada la proximidad con Madrid y la singular belleza de sus bosques, las grandes (y pequeñas) productoras encontraron, en este espacio natural, un escenario idóneo para el rodaje de sus películas”.
(Nº 8 – Agosto de 2009).

“Resulta difícil entender toda esa cultura intrínseca de las gentes de Valsaín sin analizar las Fiestas”.
(Nº 9 – Agosto de 2010).

Nos unimos a María Teresa Isabel Fernández y a José Manuel Martín Trilla en la satisfacción personal, a la vez que les felicitamos, porque “Crónicas Gabarreras” “La Revista de Valsaín”, es una Revista que bien merece UN DIEZ.

Julio de 2010


 

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DE FEBRERO A MAYO

Era Mayo y se acariciaba el verano. Desde que finalizaron las heladas, la lluvia y el sol habían alfombrado de verde el entorno de La Pradera. Al otro lado del río, se veía Valsaín rodeado de verdor en la inmensidad del Parque y del Bosque.

Atrás quedaron los días de Febrero, con sus máscaras y sus disfraces, en los que se hace patente que las carnavalendas han llegado. Días en los que la vida y la alegría se trasladan de nuevo a la calle, queriendo desprenderse del mentido letargo invernal. Son pocos días, pero hay que vivirlos y disfrutarlos. Es la tradición.

Tras las máscaras las risas, las bromas y la alegría. Los disfraces se pasean por las calles de Valsaín y de La Pradera. Y desde Valsaín cruzan el puente, enseñoreándose quienes van disfrazados, o disfrazadas, de elegantes damas o caballeros, camino del salón de baile.

A la gente disfrazada le siguen cánticos de coplas y coplillas, entonados por una numerosa rondalla, cuyas letras fueron ensayadas al amor de la lumbre, en las tabernas y en las casas, durante los gélidos días del invierno.

Pasado el Carnaval, las carracas anuncian la Cuaresma. Por La Pradera y por Valsaín no hay rincón en el que no se las oiga. Y con la Cuaresma la Semana Santa, y con ella las procesiones.

Porque en Valsaín también se procesiona a Jesús cargado con la Cruz, y a su Madre Dolorosa. Y al Cristo crucificado. Y es el pueblo quien les porta en procesión, haciendo suyo el sentimiento de quien sufre y padece.

Así llegaba Mayo, y con él volvía a celebrarse la fiesta de la Cruz. Y en ese día volvía a repetirse la tradición. A todos los niños y niñas nos hacían en nuestras casas una pequeña cruz de madera, con la que ir por el vecindario pidiendo el chavito. Y por la tarde, de merienda al pinar.

Llegaba Mayo y con él traía la caricia del verano y el color del cantueso y de las amapolas, y de tantas y tantas flores que alegran el campo. Llegaba Mayo y las mujeres volvían a salir a coser a las solanas y a las puertas de las casas. Llegaba Mayo y los niños y las niñas volvían del campo con ramilletes de flores en las manos.

9 de Mayo de 2010


 


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CAMINO DE VALSAIN (ANTONIO MACHADO)

¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo,
la sierra gris y blanca,
la sierra de mis tardes madrileñas
que yo veía en el azul pintada?
Por tus barrancos hondos
y por tus cumbres agrias,
mil Guadarramas y mil soles vienen
cabalgando conmigo, a tus entrañas.
...............Camino de Balsaín, 1911

Don Antonio Machado dejó con este Poema una de las más bellas semblanzas que se han escrito del Pinar y nuestro Pueblo, “Balsaín”, definiéndolo como las “entrañas” del Guadarrama.

En su texto, años más tarde publicado bajo el título “Caminos”, deja por sentado en su diálogo con la Sierra de Guadarrama hacia dónde se dirige, hasta dónde quiere llegar en su “cabalgar” a través de ella:

Nada más y nada menos que a sus “entrañas”. Y ahí, precisamente ahí, se encuentra “Balsaín”.

Muchas gracias Don Antonio.

Su memoria está viva y su espíritu cabalga “Camino de Balsaín”.

Veintidós de Febrero de 2009


 


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NAVALAVIENTO

En memoria de Don Pedro Montes Pajares, Paco, de su noble persona, gran amante de la Naturaleza y ejemplar gabarrero.

“Al gabarrero le surge un impulso individualizado y un espíritu conservador que le llevará a relatar los tiempos más ancestrales, los años que han pasado, como si fuera ayer...
Existe una ética profunda que nos alberga a todos desde que éramos niños, en este pueblo donde nacimos, donde compartimos lo bueno y lo malo. Salíamos de casa a la misma hora y por el mismo camino, en aquel ir y venir del pinar”.

Cosas del gabarrero. Cosas del carretero (Conrado Martín Merino).
Crónicas Gabarreras nº 7 – Agosto de 2008

“Felicito, todos hemos sido chicos”, le dijo Agustín de la Peña a mi abuelo, al despedirse, cuando en compañía de su hermano Francisco de la Peña (Pacho), su sobrino José María de la Peña y Chinorri, habían ido a interesarse por Emilio, aquel domingo de Octubre, festividad de la Virgen del Rosario. Esto me lo contó mi abuelo y así lo transcribo:

“Vinieron a interesarse por tu padre sus compañeros y amigos.
- Felicito, ¿cómo está el chico?.
- Bien, les dije. Pero pasad a casa, que os convide.
Pasaron y estuvimos tomando unos bollos y media copa.
Insistieron en ver a tu padre, pero les dije que para él las fiestas ya se habían acabado”.

Hoy, Emilio recuerda este episodio de su incipiente juventud con gran cariño hacia su padre y hacia sus compañeros de fatigas, y muy especialmente hacia su amigo del alma, José María de la Peña Álvaro, como lo que fue, “un grandísimo compañero y un trabajador infatigable”.

No me cabe la menor duda de que ese recuerdo es así y que siempre lo fue. Tan cierto es eso, como que en los gabarreros, carreteros, hacheros y jornaleros de otras profesiones desarrolladas en el pinar de Valsaín, como lo fueron muleros y boyeros, ha albergado de siempre una “ética profunda” desde que eran niños, pues no habían dejado de serlo cuando comenzaban la “carrera”, y eso fue así a lo largo de los tiempos hasta que la escolarización fue obligatoria hasta una determinada edad. Con anterioridad, la única Escuela eran la Familia y el Pinar, y ambos, el Pinar y la Familia, nunca dejaron de ser la mejor Escuela.

Una ética que se manifiesta desde una doble perspectiva, no sólo en su orgulloso aprendizaje, sino también al llevarla a la práctica.

En primer lugar, el niño actúa por mimetismo, es decir, tratando de imitar lo que hacen los mayores, de manera especial lo que ve hacer a su padre. Para el niño era toda una aventura fascinante poder acompañar a su padre al Pinar como si fuese un gabarrero o un carretero, un hachero, un mulero o un boyero más, e iniciarse en el manejo de las hachas, de las sogas, de los ganchos, de las caballerías, de los carros, de las cadenas, de las mulas o de las yuntas de bueyes.

Esa ética es la que da grandeza al noble corazón del profesional aún en ciernes, y aquí es donde surge la segunda de las perspectivas, porque le infiere un instinto de compañerismo que le acompañará de por vida. El gabarrero, el carretero, el hachero, el mulero y el boyero es una persona eminentemente sociable. El instinto de supervivencia le hace comprender que aquello que aprendió de niño no es otra cosa que un pacto de vida social al que ha de mantenerse fiel y que, de generación en generación, ha pasado a formar parte de la esencia del “Ser” de un Pueblo, es decir, de la Tradición.

Y al enraizarse en la conciencia colectiva, la ética aprendida y practicada pasa a formar parte de todas las manifestaciones de ese Pueblo. Casi sin darse cuenta, todas y cada una de las personas que han desarrollado su actividad laboral en el Pinar de Valsaín, se han integrado en su Comunidad.

Una Comunidad que ha vivido por y para el trabajo, pero que trabajó para sobrevivir y para relacionarse, tanto en el gozo como en el sufrimiento; para acompañarse, tanto en el festejo como en el dolor.

Y al final de sus días, a ese profesional, al gabarrero, al carretero, al hachero, al mulero y al boyero, le quedarán sus “Recuerdos” como fruto del instinto que, de forma natural, adquirió imitando a sus mayores. Y fruto también de la sabiduría acumulada al desarrollarlo en el transcurso de la vida.

Y es ese poso de sabiduría el que dará sentido al resto de su vida, demostrándolo con su comportamiento solidario, que le lleva a recorrer en su imaginación los mismos caminos, los mismos carriles, los mismos atajos, las mismas veredas.

Son ellos, los caminos, los carriles, los atajos y las veredas, los que le llevarán día tras día, hasta el final de sus días, a lugares míticos con nombres míticos, Navalaviento, Navalazor, Navalesquilar, Navalrincón, Pradera de Navalonguilla, Pradera de Vaquerizas..., donde su asombro infantil quedó colmado por la belleza de esos lugares, y cuyos nombres se aprendió y quedaron unidos en su mente a la imagen que de ellos quedó grabada al descubrirlos.

Navalaviento, qué recuerdos del ayer trae hoy este mítico nombre. Los sonidos del Pinar que le quedaron grabados en su mente. El viento que sopla suavemente al pasar entre las ramas de las copas de los pinos, a la vez que las mece; los cencerros de las vacas de Cercedilla que se han pasado a este lado de la sierra y suenan por Navalazor poniendo ritmo al lento transcurrir del tiempo.

Navalaviento... La suave caricia del viento y del sol en tu curtido rostro.

Navalaviento... La alegre compañía de tus hermanos.

Navalaviento... Allí, donde fue enterrada la excelente yegua, llamada Lola, que recibieron en herencia de su padre los hermanos Clemente y Luis Mantecas.

Navalaviento, desde donde una vereda te lleva a Navalazor.

Y todos los días volverás a caminar por los mismos caminos, carriles, atajos y veredas para reencontrarte con tus recuerdos y con tus vivencias, en los mismos lugares cuyos míticos nombres aprendiste.


 


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LA VIDA LLENA DE INSTANTES

“Los pueblos se hacen más grandes cuanto más respetan a sus mayores y toda persona enriquece en conocimientos cuando los escucha.”

Antonia (Toñi Concepción Sevillano)
Crónicas Gabarreras Nº 4 – Agosto de 2005

A la misma hora de la tarde en que el gabarrero, de dieciséis años que había cumplido hacía mes y medio, traspasaba la valla donde se encontraba el señor Ramón Goya, el herrador, haciéndose seguir por tres borricos a los que acababa de descargar en el almacén de los Fraile, en La Pradera de Navalhorno, me encontré yo, muchos años después, un día del mismo mes, frente a la señora Petra, esposa del señor Ramón, que estaba sentada sola en el banco, junto a la puerta de su casa.

Una vez hubo cruzado la valla llevando tras de sí los tres rucios, el gabarrero dijo:

- Aquí le dejo estos tres borricos para que los hierre, señor Ramón. Luego vengo a por ellos.

El joven y fuerte herrador de Valsaín instó al decidido muchacho, llamándole por su nombre:

- Emilio, no te vayas. Tienes que ayudarme a ordeñar en cuanto haya terminado de herrar los burros.

Tenía entonces el joven matrimonio formado por Petra y Ramón catorce vacas lecheras y Emilio, que era un muchacho servicial y dispuesto y que tenía desde muy niño una extraordinaria habilidad para ordeñar, lo que realizaba diariamente con el ganado de su padre Felicito, quien por tener las manos encallecidas y agrietadas se veía muy limitado para llevar a cabo dicha tarea, atendió el requerimiento del señor Ramón Goya con sumo gusto, pues ordeñando en compañía del joven herrador, le escuchaba con atención, con afán de aprender de él, durante el tiempo que pasaban juntos. Además, al señor Ramón Goya, le gustaba escuchar las peripecias que le habían ocurrido al muchacho en el pinar desde la última ocasión en que había estado allí con él.

El joven matrimonio tuvo una hija y dos hijos, llamados Pepita, Jesús y Ramón (a quién llamaban Monchi) y un sobrino llamado Jesús, hijo de Basilia y Nemesio, que era para sus primos como un hermano.

Con el paso del tiempo el gabarrero de Valsaín creció como persona y como profesional, ya que le quedaba mucho por andar, y formó también una familia.

En ella nací yo y siendo muy niño aún, cuando comencé a ir a la escuela en Valsaín como párvulo, en ella tuve por primera vez frente a mí a Pepita, ya que sustituía a la maestra titular, Doña Carmen, algunos días durante el curso. Pepita nos daba un trato lleno de cariño y simpatía y en esos días en los que era nuestra maestra, mi amigo Ramón García y yo no hacíamos novillos.

Al curso siguiente pasé a medianos, con Don Julio. La orientación de las ventanas de nuestra clase era al Sur. Veíamos Siete Picos, el Montón de Trigo y el macizo de La Mujer Muerta. Y desde allí comencé a comprobar cómo todos los días, alternándose en la tarea, Jesús y Monchi llevaban las vacas al Parque después de ordeñarlas por la mañana, de haberles dado de comer y de haber limpiado los establos.

Los domingos y festivos por la mañana, pronto, Jesús y Monchi realizaban también esas tareas, como los demás días, ayudando a su padre. Se les podía ver al pasar por delante del vallado, tras el cual estaban los establos, a la vez que se dejaba sentir el olor de la leche recién ordeñada.

Estuve tres cursos en medianos, a lo largo de los cuales Jesús y Monchi también nos dieron clase en días sueltos, siendo Monchi quién lo hizo en mayor número de ocasiones. Ni que decir tiene, la atención era absoluta hacia ellos por parte de todos, incluso de los más inquietos. Ellos, de una forma sencilla, hacían que aumentara nuestro interés por aprender y que deseáramos que llegase el día en que volviesen.

Al finalizar este ciclo pasé a mayores con Don Rufino. Más bien, él fue quien nos reclamó a una serie de alumnos para que avanzásemos en el plan de enseñanza e iniciásemos el Bachillerato. Fueron dos cursos en los que la presencia de Jesús, también en días sueltos, fue muy agradable y será siempre recordada por todos cuantos allí estábamos, continuásemos estudiando o no.

Fuimos una generación privilegiada, cada uno con nuestra capacidad, pero todos disfrutamos en la escuela con los hermanos Goya López con quién también compartíamos mesa y mantel en el comedor de las escuelas, así como la comida tan excelente que con tanto cariño preparaba y servía la señora Fausta.

Aquella tarde, me acerqué presto a la señora Petra a saludarla y a darle el pésame, con un nudo en el estómago y un sudor frío que me corrió por la espalda desde el mismo momento en que la vi, cuando aún caminaba yo junto a la carretera. Hacía poco que había fallecido el señor Ramón Goya y era un duro golpe, además de inesperado, el más duro, quizá, que le había dado la vida hasta entonces.

Ella me miró y, como me conocía bien, sabiendo mi intención, esbozó una sonrisa de agradecimiento y me explicó cómo había sucedido. Desde su profundo dolor, que mostraba con naturalidad, fue ella la que me tranquilizó, y el nudo que me había atenazado desapareció.

Al hoy ya viejo gabarrero y a mí, ha vuelto a hacérsenos un nudo. Ahora, como pasó cuando falleció el señor Ramón, el duro golpe ha sido para Pepita, Jesús y Monchi, La señora Petra y el señor Ramón están juntos para siempre. Descansen en Paz.


 


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VIENTO DEL NOROESTE

En memoria de D. José García Martín, Pepe el de Valeriano.
(Febrero 2008)

“...había que atravesar el Puente, que en invierno era tarea nada fácil...”

Ser de Valsaín (Evelio España Fernández).

El viento gélido del Noroeste que soplaba en ese preciso instante, levantaba del pretil del puente la nieve, lanzándola de forma furiosa contra sus caras, haciéndoles cerrar los ojos cuando Ciriaco y José Luis se disponían, desde el centro mismo del puente de Valsaín, a tirar sendas piedras que habían buscado afanosos bajo la nieve, para intentar romper la capa de hielo que cubría la poza del puente.

Tras ellos, corrían otros dos amigos suyos que querían ser los primeros en abrir brecha en la dura capa de hielo. Y a fe que consiguieron abrirla.

Llegaron al puente los cuatro casi sudando, con las mejillas enrojecidas, tras una intrépida carrera desde las escuelas, a cuya salida se emplearon raudos en buscar las piedras que lanzarían contra el hielo, a la vez que sus prendas de abrigo se cubrían de la nieve con la que el viento les azotaba.

Hacía más de media hora que habíamos visto, desde las escuelas, el paso de los últimos gabarreros que volvían del pinar. Envueltos en mantas, a modo de capa, que les tapaban desde los pies hasta la cabeza, dejando al descubierto tan sólo parte de la cara, la necesaria para ver y respirar así como, alguno de ellos, consumir a duras penas un cigarro que sus heladas y agrietadas manos habían logrado encender momentos antes.

Calzados, la mayoría de ellos, con altas botas de goma cuyas huellas, que iban dejando sobre la nieve que cubría la vereda que discurre paralela al parque, se superponían a las de los gabarreros que habían pasado minutos antes camino de Valsaín y que, al incorporarse a la carretera, se superponían también a las que habían dejado los carreteros camino del regil.

Los cuatro chicos eran la avanzadilla de otros más, chicos y chicas, niños y niñas que, alegres, volvían a sus casas al finalizar el primer día de escuela tras las vacaciones de Navidad. Muchos de ellos saldrían a la calle, si les dejaban, a patinar o a deslizarse por las cuestas con los trineos hechos de tablas. Unos pocos, de diferentes edades, aún continuarían aprendiendo y haciendo los deberes en casa de los maestros.

Era un día en el que se volvía a la rutina diaria, pero no era un día cualquiera. Era un día en el que los recuerdos de la pasada Navidad estaban vivos. Era un día en el que aún se percibía la ilusión vivida por celebrar en familia Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo y Reyes.

Era un día en el que aún estaba vivo el recuerdo de haber ensayado villancicos y coplas, para ir por el pueblo pidiendo el aguinaldo. El recuerdo de ver a nuestras madres esmerarse en la preparación de cenas y comidas familiares que, sólo por su esmero, eran un auténtico manjar.

Esa fría tarde, en casa de Don Julio, uno de los maestros, un grupo de niñas y niños alrededor de una mesa y una estufa fue rememorando, preguntados por Doña Pruden, esposa del maestro, ésos y otros recuerdos que evocaban la celebración de la Navidad.

Así, se fueron recreando ilusiones. Las que producían la espera de ese ansiado momento de estar juntos en familia en las diferentes celebraciones, y las reuniones con los vecinos que seguían a cada una de ellas haciéndolas más alegres y divertidas. La ilusión que producía el cantar villancicos en la iglesia y por el pueblo, con alegría y júbilo.

Y, por supuesto, la ansiada espera de los Reyes Magos.

Una niña llamada Basi fue narrando, llena de emoción que sus ojos brillantes denotaban, toda la ilusión que su padre creó en ella la noche de Reyes, mientras compartían con su madre y sus hermanas y hermanos un roscón de reyes.

Contó cómo le fue creando ilusión por la sorpresa del roscón, ilusión por la magia de la llegada de los Reyes Magos, ilusión por los regalos que portaban y repartían esa noche.

Y volvía a sentir vivas todas las ilusiones en el momento de evocarlas. Y compartió la magia de la ilusión que su padre le había infundido, con aquéllas otras niñas y niños que se encontraban con ella junto a aquélla señora, alrededor de una mesa y una estufa, en un ambiente cálido y lleno de emociones, aquélla gélida tarde de enero en Valsaín.


 


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LA SABIDURÍA O EL VALOR DE LOS RECUERDOS

En agradecimiento a nuestros padres, abuelos, antecesores y mayores, en general, vecinas y vecinos que fueron de Valsaín, o que aún lo son.

Leyendo “Crónicas Gabarreras” he ido encontrándome, a lo largo de sus ediciones, una serie de artículos de diferentes personas que reflejan la experiencia acumulada a lo largo de la vida. Son relatos escritos de su puño y letra, como los de Doña Antonia Martín Vázquez. Con toda lucidez, Doña Antonia nos muestra parte de lo que la vida le ha ido enseñando, y en sus artículos podemos entresacar las enseñanzas que, a modo de moraleja, ella ha aprendido y nos deja para la posteridad.

Mención especial me merece, entre los relatos escritos por sus autores, el de Don Conrado Martín Merino,“Cosas de Valsaín” . Tiene una carga emocional de la que no está, ni estuvo, exento nadie que pertenezca, o perteneciera, a su “Generación” y viviera en Valsaín, fuese hombre o mujer. Además tiene un trasfondo filosófico de la vida misma, con el contenido de valores que han adornado al hombre y a la mujer vecinos de nuestro pueblo; y un mensaje para las generaciones más jóvenes y venideras del que es depositario, mensaje que recibió de sus padres y sus mayores, como lo recibieron los hombres y mujeres de su “Generación” que habitaron y dieron Vida a Valsaín.

En esa lectura de “Crónicas Gabarreras”, se pueden encontrar artículos cuyo contenido son relatos narrados de viva voz y recogidos por escrito. Es el caso de Don Leandro Rodríguez Fernández, que narra sus recuerdos y experiencias vividas para que sean recogidas por escrito y, de esta forma, pasen a la posteridad. En ellos demuestra la amplia cultura de la madera que ha sabido recopilar a lo largo de su extensa y fructífera vida profesional. Pero el mayor calado de sus relatos se encuentra en la parte humana de los mismos. El recuerdo imborrable de los compañeros, de los vecinos y, cómo no, de los familiares.

Me acerco a observar una fotografía de mi abuelo, Don Felicito Montes Llorente, y le recuerdo narrando su vida, sus recuerdos, sus experiencias, unas llenas de dureza y sinsabores, otras con la misma dureza pero más alegres o acompañadas de un final que deja un buen sabor de boca, el que supone la superación de la adversidad. Sus narraciones atrapaban la atención de quienes le escuchaban y atraían a quienes estaban a su alrededor. Era depositario de una buena educación que le dieron sus padres, Don Basilio Montes y Doña Eustaquia Llorente, y que con su ejemplo fue sembrando. Y de unos valores humanos, entre los que destaco el de solidaridad: Siempre fue compañero de sus compañeros y siempre ayudó a quién le solicitó su ayuda.

Observo, igualmente, una de las últimas fotografías publicadas por “Crónicas Gabarreras” de Doña Antonia Martín Vázquez y de Don Leandro Rodríguez Fernández y tengo en mi retina la imagen de Don Conrado Martín Merino y puedo decir que, todos ellos, poseen la Sabiduría que les ha dado la vida. Y han sido y son sabios porque han sido y son generosos. Han acumulado conocimientos y experiencias que han recibido de la vida misma y de sus progenitores y mayores, y que hoy forman parte de sus Recuerdos . Pero no se los han guardado para ellos, ni acaso sólo se los han transmitido a los más allegados. Han tenido y tienen la grandeza de miras de compartirlos, conocimientos y experiencias, con cuantos han estado en su cercanía, a su alrededor, y ha sido caso o menester hacerlo, o así se lo han solicitado, caso de mi abuelo, fallecido en 1984. También es el caso de los demás, los cuales también han contado con las excelentes tribunas que son “Crónicas Gabarreras” y www.devalsain.com.

Agosto de 2007


 


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RECUERDO AGRADECIDO AL SEÑOR TOMAS ENCINAS

Recientemente se ha celebrado el ciento cincuenta aniversario de la creación de Correos, como servicio de la Administración del Estado a los ciudadanos. Jurídicamente, sus trabajadores, hasta que dicho cuerpo toma otro carácter con la denominación de Organismo Autónomo, fueron funcionarios públicos, es decir, trabajaban al servicio de la sociedad.

Valsaín ha tenido buenos servidores públicos, como Alcalde voy a citar al señor Alejandro Manso, a quién recuerdo ya muy mayor, pues yo era un niño, sentado a la puerta de su hija “Cristi” y su yerno Pepe Trilla. También como Alcalde, y por lo tanto servidor público, recuerdo al señor Cipriano Bermejo, en sus visitas a las escuelas para conocer de primera mano las necesidades que allí existían. Fueron personas que ejercieron sus cargos en tiempos muy difíciles, en los que la mesura y el buen hacer de sus personas siempre redundaron en beneficio del pueblo.

Pero hubo un hombre, y a su lado una familia, en aquél Valsaín de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado que, como funcionario público, debe ser recordado con agradecimiento por Valsaín, nuestro cartero por excelencia, el SEÑOR TOMÁS ENCINAS.

Eran años de rigurosos inviernos y secos y calurosos veranos. Era el clima continental del centro de la Península Ibérica, que nos enseñaban en la escuela, o lo que la sabiduría popular nos enseñaba a través de nuestros padres y abuelos: "Nueve meses de invierno y tres de infierno". En este ambiente climático, adverso a todas luces, desarrolló su trabajo el señor Tomás.

Hemos de imaginar las frías madrugadas, allí, en su casa de La Pradera, en la que su esposa, la señora Dolores, regentaba el estanco, y ambos con la ayuda de su hija Rosario y sus hijos Tomás y Alberto, sacaron adelante la taberna popularmente llamada "el porrón".

Lo primero y primordial era calentar el hogar, encender el fogón y la estufa, tomar un tazón caliente de café para calentar el estómago y a continuación coger la cartera con el correo recogido el día anterior, o el saco si fuese necesario, y subirse a la bicicleta que, como medio de transporte, utilizaba en sus desplazamientos.

Hasta La Granja se dirigía el señor Tomás, donde estaba la oficina de Correos y Telégrafos, para depositar el correo que desde Valsaín daba salida; puede que hubiera muchas veces que le tocase hacer llegar hasta Segovia el correo que hacia allí o hacia otros destinos hubiese.

Con los ojos puestos en la carretera, fijamente en el brillo de los adoquines por si hubiese hielo y no frenar la marcha, para evitar así una caída segura. Con los oídos centrados en todo cuanto le rodea, otros vehículos que le adelantan en su misma dirección, o que se le cruzan en dirección contraria; personas con animales cargados a los que adelantar o con carros a comprar mercancías, recordemos, entre otras personas, a la señora María Trilla, al señor Félix Gil o al señor Nemesio Goya. Y siempre atento con las personas que, por las veredas, junto a la carretera, iban o venían.

Luego, el camino de vuelta, con el correo recibido y ordenado para su reparto, así como con el dinero que, a través de la Caja Postal, se enviaba en forma de giros postales. Con el libro de certificados puesto al día y debidamente rellenado, para que los destinatarios con su firma o huella dactilar diesen por recibida la carta, el paquete, la pensión o el giro que, desde sus lugares de trabajo, los que marcharon de Valsaín, mandaban a sus casas.

Hemos de imaginar, igualmente, a la señora Dolores respirar de satisfacción, por ver la imagen de su esposo al doblar la última curva de subida de La Pata de la Vaca. Ya le tenía allí un día más, lo peor había pasado. Sólo quedaba el reparto por el pueblo, que no estaba exento, ni mucho menos, de múltiples peligros.

Primero por La Pradera. Estaban las casas de junto a la carretera, hasta el puente, y los chozos de atrás de un lado de la misma. Del otro, la fábrica, a cuyas oficinas la entrega de correspondencia era casi diaria y el resto de vecindario de las diferentes calles. Lo importante era cruzar y transitar la carretera general lo menos posible.

Luego hacía el reparto por el Barrio Nuevo. Qué alegría cuando, habiendo ya salido de la escuela, con mi padre en casa, recién llegado de la fábrica para comer, aún jugando y correteando por los patios con mi amigo Ramón García de la Cruz o mi amiga Ana María Bayón Hermida, o con "Chaguillo", Santiago Herrero Matesanz y "Negrete", Ángel Isabel Dorrego, aparecía la figura adusta y estilizada del señor Tomás sobre su bici y se paraba junto a mi patio.

Mi madre llamándome para comer, pero en mi carrera yo me detenía junto al señor Tomás quién, además de la carta correspondiente, siempre tenía una palabra de cariño. Se había bajado de la bici y ya, de cerca, me fijaba en sus pantalones recogidos con una pinza para que no se le enganchasen en la cadena.

Luego, a Valsaín. Bajaba por la iglesia hasta la casa de la señora Lola y de Sabino, su hijo Teodoro, frente a las escuelas. Allí empezaba otro peligro. Bajaba el "tratra" cargado de pinos sujetos con cadenas al camión, por la carretera de Valsaín. ¡Cuántas veces se habrán cruzado!. Era el último viaje antes de comer; los cortadores, encima de los pinos, hacían caer los sacos de leña que luego recogerían junto a las cuadras de Sabino.

Sobre esa hora, las dos de la tarde, volvían de La Granja o de Segovia los taxistas de Valsaín, el señor Pedro Fraile y Francisco Benito. Tanto éstos como cualquiera que fuese el conductor del "tratra", Calleja o Juan Bermejo, entre otros, bien sabían de la presencia del señor Tomás Encinas recorriendo la carretera de Valsaín, camino que llevaba de vuelta a su casa hacia las tres de la tarde, hora en que entrábamos a la escuela, los taxistas volvían a Segovia y el "tratra" al Pinar.


 


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AQUEL DIA DE AÑO NUEVO

¿Qué fue de aquel tiempo? ¿Qué fue de aquellos días?

La bruma los arrulla y envuelve. La niebla húmeda que desprende el Pinar retiene su memoria, la evapora y vuelve a él para continuar el ciclo de la vida. Querido Angelín, Ángel Martín Trilla, tu recuerdo permanece en la memoria, tu imagen en la retina; el Pinar te retiene y tu esencia está en él y en nuestros corazones. Corazones digo, para corazón el tuyo. El nuestro se congeló el día que te fuiste con tu primo. Congelados estábamos aquél día de Año Nuevo de 1974 cuando, en la Plaza de los Dolores, en el centro de La Granja, con una copiosa nevada que había caído sobre Valsaín y La Granja de madrugada, apareciste tú. ¡Nada menos que en vaqueros y camiseta de manga corta! Desafiante a la climatología. Tu blanca piel dejaba ver el color de tu sangre en tu rostro, colorado como un tomate.

- Angelín, te vas a helar-, te dije.
- No tengo frío-, me respondiste.
- Puedes enfriarte y coger un trancazo-, te insistí.

Era evidente, tu gran corazón bombeaba sangre a todo tu cuerpo y tu cara lo delataba. Es tu corazón el que delataba tu grandeza y se evidenciaba a sí mismo. Como tu gran corazón volvió a evidenciarse aquél día de finales de Agosto, cuando nos abordaste a Andrés, sí, Andrés Sanz Redondo, y a mí, para invitarnos a tu casa y darnos un recital de guitarra. Yo lo denomino “Recital de guitarra para dos”, por Ángel Martín Trilla. Era verano, tu último verano entre nosotros. Nadie de tu familia estaba en tu casa del Barrio Nuevo. Fue un Recital en privado, para nosotros. Déjame que te diga que me siento privilegiado.

Era el día de Año Nuevo de 1975. Otra copiosa nevada cubría Valsaín, y con él, también cubría el Pinar. Me relataba el señor Cipriano Bermejo Martín, alcalde de Valsaín, en los soportales de la iglesia, antes de entrar a Misa que fue el día de Nochebuena cuando cayó la gran nevada, por la noche. Cables del tendido eléctrico cayeron por el peso de la nieve, dejando sin electricidad muchos hogares y por ende, sin luz. Fue una Nochebuena a la luz de las velas, como antiguamente.

La nieve se acumuló en grandes cantidades por todo Valsaín. También en el Pinar. En éste, fueron extraordinarias las consecuencias de la nevada, ramas y cándalos caídos; pinos tronchados, latas tronchadas y pimpollos totalmente cubiertos, en el mejor de los casos, y doblados y tronchados por el peso de la nieve. Se cerró el puerto de Navacerrada durante tres días completos. Desde La Granja, Valsaín también quedó incomunicado. En Cabezagatos, la familia La Flor, quedó incomunicada, César era muy pequeño y lloraba por no poder salir a jugar, me dijo, tiempo después, su hermana Rocío. Me contaba el señor Cipriano, también, que hubo de intervenir el Ejército, en servicio al pueblo, con helicópteros para hacer llegar pan y otros alimentos, medicinas y bombonas de butano allí donde se necesitaban, así como al guarda y su familia, residentes en Cabezagatos.

Pasadas Nochebuena y Navidad, pensaba acudir con mis abuelos Felicito y Trinidad, a Valsaín, de vacaciones. Hube de esperar los antedichos tres días en que estuvo cerrado el puerto y La Rápida no podía pasar por Valsaín. Mi gozo era grande al observar, junto al señor Cipriano y mientras le escuchaba, lo majestuoso de Peñalara y el Pinar con Valsaín a sus pies. Era, como dije, el día de Año Nuevo de 1975.

Corría el uno de Enero de 1966, día de Año Nuevo. Lucía Valsaín un cielo azul, lleno de luminosidad. El sol irradiaba sobre el manto de nieve que cubría a nuestro pueblo y al Pinar, no sólo su luz, que destellaba sobre las figuras que forman los copos y los cristales de hielo, sino, también su calor, que se hacía sentir y se agradecía por los que, poco antes de las doce del mediodía, aguardábamos en los soportales de la iglesia, con alegría y amenizados por los cánticos de la juventud al son de una guitarra, una bandurria, almirez, castañuelas, panderetas y zambombas, a que Don Gaspar nos avisara con el tercer toque de campana que iba a comenzar la Misa de Adoración al Niño Manuel.

Hacía unos días que Sabino venía observando, al irse a la fábrica, huellas de una zorra alrededor de sus cuadras. En su mente se fue consolidando una idea: cazar a la zorra. ¿Cómo? Tendiéndole una trampa. ¿Aún a costa de la vida de alguna de sus gallinas? Sí, por supuesto. La idea era tentadora. Tenía que demostrarse a sí mismo, y de paso a los demás, que su inteligencia y astucia eran mayores que las de la zorra. Esto nadie lo hubiese dudado y, supongo, nadie lo dudó jamás.

Salió Don Gaspar de su casa a saludar a los allí presentes, entre todos nosotros nuestro alcalde, el señor Cipriano Bermejo Martín, para, seguidamente, dar el tercer toque de campana y comenzar la celebración religiosa cuando, de repente,... ¡Don Gaspar!, ¡Don Gaspar!, ¡la zorra! Era Sabino, que apareció de sus cuadras como un poseso anunciando a Don Gaspar, a quién habría manifestado su intención, que la zorra había caído en la trampa. Todos volvimos, atónitos, nuestra mirada hacia Sabino y corrimos, Don Gaspar el primero, en su ayuda.

El revuelo fue monumental. La zorra estaba en el gallinero y había que cogerla para matarla, antes de que ella acabase con todas las gallinas, gallos y pollos. Ya fue precavido Sabino para que la zorra entrara en el gallinero y no en la cuadra donde tenía gansos y patos, así como en la que tenía el macho carnero, ovejas y corderos. Todos cuantos estábamos en los soportales de la iglesia, nos arremolinamos alrededor de las cuadras y la casa de Sabino. Su madre, la señora Lola, nerviosa por el revuelo formado, pedía disculpas a las autoridades presentes, Guardia Civil incluida. Duró poco el revuelo, pues la zorra fue cogida a tiempo de que la escabechina que había hecho fuese mayor. Sabino y su madre, con la zorra ya muerta y algunas gallinas que había matado, se introdujeron en su casa. Los demás, fuimos volviendo a la iglesia comentando lo acontecido.

El tercer toque de campana lo dimos los monaguillos Ángel Isabel Dorrego, Ramón García de la Cruz y, un servidor de ustedes, Emilio Montes Herrero, quienes por solemnidad y por edad no nos correspondía ayudar a Misa ese día. Fueron Miguel Ángel Herrero Matesanz, Eugenio Isabel Dorrego, Santiago Herrero Matesanz y Antonio Bayón Hermida quienes ayudaron y acompañaron en el Altar a Don Gaspar.

La juventud de Valsaín, mozas y casadas, solteros y casados pusieron la alegría con la música y los cánticos de villancicos y coplas dedicados al Niño. Los menores también cantábamos y la feligresía, en general, se sentía con ánimos renovados para continuar la vida dura y difícil y afrontar todo un año por delante que, nadie sabía lo que nos depararía.


 


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EMILIO MONTES HERRERO (PRESENTACION)

 

Mi nombre es Emilio Montes Herrero. Nazco en Segovia el día 1 de Abril de 1957. Mi lugar de nacimiento debería haber sido Valsaín, más concretamente en la casa número 5 de la calle Primera, en La Pradera de Navalhorno si no hubiese sido por la necesidad de evitarle problemas a mi madre en mi alumbramiento, advertencia hecha por el entonces médico de Valsaín, Don Elías Gil Martín.

Mis padres, Emilio Montes Alonso y Aurora Herrero Artiaga residían desde que contrajeron matrimonio en Valsaín, en el año 1955, en una de las viviendas de la casa antes citada. Dicha vivienda fue habilitada por mis abuelos paternos, Felicito Montes Llorente y Trinidad Alonso de Frutos para residencia de mis padres, ya que la casa era una concesión a mi abuelo, en tanto que era trabajador de la explotación de maderas, y en ella también residían la hermana y hermanos de mi padre, solteros aún por entonces, mi tía Áurea y mis tíos Antonio y Pedro Montes Alonso. La otra hermana de mi padre, mi tía Manuela, estaba ya casada y vivía en La Granja.

En ella vivimos mis padres, mi hermana Aurora y yo hasta Octubre de 1960. en que nos trasladamos a una de las nuevas viviendas construidas por Patrimonio Nacional, en el llamado Barrio Nuevo y que mi padre, como otros muchos trabajadores, había solicitado. En ella residimos hasta Octubre de 1968, en que mi padre deja de ser trabajador de la explotación de maderas.

Así como en La Pradera mis más tiernos recuerdos están ligados al huerto que sembraba mi abuelo, al arroyo que baja del depósito del agua; a los frondosos castaños, álamos, chopos, acacias, nogales y plátanos; a los pinos que, tras Cerro Puerco, llegan a los pies de Peñalara, Dos Hermanas y Peñacitores, y se extienden hasta Siete Picos y La Mujer Muerta. En el Barrio Nuevo, mis recuerdos están unidos a los verdes pastizales del Parque y del Bosque, al río Eresma y el Puente de Valsaín, a las matas de robles y encinas de las onduladas colinas que forman las partes bajas de la sierra por el Oeste, a los pinos que pueblan la sierra desde la Fuenfría hasta la Cruz de La Gallega y al Palacio, Torreón y Pueblo de Valsaín. E indefectiblemente, a todas las personas que habitaban nuestro pueblo.