Crónicas Gabarreras 22
 Crónicas gabarreras:   Inicio > En los sentimientos > El Charcón de las ranas (Antonio Salamanca).  


Foto: José Ignacio (Cabezota)

Una mañana de verano, mis sobrinos con sus hijos y el que relata estas líneas nos encaminamos de paseo por el camino que conduce a la Chorranca, después de pasar la Piedra del Tizo y poco antes de llegar a Navalonguilla. A la izquierda del camino, hay una gran charca donde cientos de ranas croan sin cesar y cuyo sonido se puede escuchar desde el camino.

Tras pararnos y acercarnos a escuchar el curioso pero repetitivo sonido, uno de los hijos de mi sobrino, me preguntó: “¿por qué hay en esta charca tantas ranas?”.

Después de sentarnos sobre una piedra, le pasé a relatar la historia de este singular rincón del pinar.

Recuerdo con cariño a algunas personas manteniendo el centro; como Genoveva Adeva y Juana Martín, muchas veces ellas solas, con sus correspondientes abrigos y pasando frío, pues entonces solo disponían de calefactores, de los cuales algunos no funcionaban.

Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años, a este paraje llegaron varios renacuajos de sitios cercanos y se establecieron allí. En aquella charca eran felices y con en el paso del tiempo se convirtieron en ranas que saltaban y croaban sin cesar.

Un día se acercó hasta allí un gran sapo que se quedó prendado del bonito lugar, y al ver como las ranas disfrutaban en la charca, se acercó y les dijo a las ranas: “fuera de esta charca, desde ahora aquí viviré yo”. Las pobres ranas desconsoladas al ver este sapo tan grande, gordo y feo, no les quedó más remedio que alejarse de allí y buscar otra nueva charca donde vivir.

Transcurrían los días y el sapo no dejaba que ninguna rana se acercara por allí, hasta que un día una piara de jabalíes pasó por aquel lugar y uno de ellos se fue directo a la charca a revolcarse, y al ver al sapo, le dijo: “fuera de esta charca, desde ahora el dueño de la charca seré yo”. El sapo, agachó la cabeza y se fue reptando, arrastrando su tripa hacia otro lugar.

Pasado algún tiempo, con ese jabalí revolcándose cada día en aquella tolla, las pobres ranas vigilaban un día sí y otro también a ver si el jabalí abandonaba el lugar, pero no terminaba de hacerlo.

Una mañana calurosa de julio pasó por allí un ganadero buscando su ganado, que pastaba por esos lugares, se sentó en una piedra y vio cómo su perro mastín, al cual llamaba Tifón, estaba nervioso e inquieto. Pronto se dio cuenta de que algo raro ocurría. De repente, este enorme mastín corrió hacia la charca y se encaró con el jabalí. Después de un rato de tanteo entre los dos, el jabalí vio esa enorme boca del perro, y sin oponer resistencia se fue alejando del lugar con el rabo entre las patas. El mastín, cuando el jabalí se iba, le dijo: “desde ahora esta charca será de las ranas y yo vigilare que así sea”. Rápidamente, al oír esto las ranas y sus renacuajos ocuparon ese Charcón hasta nuestros días.

No se sabe quién protege ahora a esas ranas en esa enorme tolla, pero las ranas campan a sus anchas, y cuando pasas por ese lugar, se las ve saltar y se las oye croar llenas de alegría. Aquellas ranas siempre estuvieron agradecidas al mastín por haberles devuelto aquel Charcón del que nunca tuvieron que haber salido.

Desde que aquel perro mastín liberara el lugar, en el pueblo de Valsain se le conoce como “EL CHARCÓN DE LAS RANAS”

Así se lo conté a mis sobrinos y así lo cuento aquí.

Como pueden observar, esta leyenda tiene su moraleja: “NUNCA TE CREAS SER EL MEJOR Y MAS PODEROSO, PORQUE SIEMPRE HAY ALGUIEN MEJOR Y MAS FUERTE QUE TU”

Si alguna vez habéis oído otra historia del Charcón, es que quien os lo contó tenía tanta imaginación o más que yo.

Salud y felices fiestas !!!

Antonio Salamanca


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